Mi hija está encantada con la película
Enchanted; tanto que la ha visto dos veces. Se trata de una producción de Disney que combina los dibujos animados al comienzo y termina con actores de carne y hueso en la ciudad de Nueva York de nuestros días.
Será que comparto el cinismo y el sentido práctico y realista del personaje de Patrick Dempsey (un abogado divorciado que tiene una hija pequeña) pero la película se cae de obvia. La trama parte del modelo clásico de los cuentos de hada: una inocente princesa casi siempre sin mamá con un padre que no se da cuenta de los peligros a los que está expuesta su hija. La princesa es perseguida por una envidiosa y cruel bruja que se siente amenazada por la nobleza, virtud, juventud y belleza de la muchacha.
Tan buena es la princesa que habla con los animales que son sus amigos y ayudantes. En su inocencia la princesa es incapaz de sospechar de malas intenciones a los demás y precisamente por su bondad, cae presa de los malévolos planes de la bruja hasta que llega el Príncipe Azul para plantarle sonoro beso y rescatarla, casarse con ella y vivir por siempre felices.
Aparte de los actores y la ubicación de la historia en nuestros días y nada menos que en Nueva York, la actualización de la historia pretende replantear el papel de la mujer. La versión actualizada incluye el hecho de que Giselle (la princesa exilada del mundo de hadas a Nueva York e interpretada por Amy Adams) es introducida a conceptos como el dating de la sociedad estadounidense; es decir, salir con el pretendiente para conocerse mutuamente y ver si habrán de enamorarse en lugar de suponer que como es el Príncipe Azul no habría motivo alguno para no casarse con él de inmediato.
Otra actualización del cuento de hadas es que la princesa, si bien incauta e inocente, está en una posición que le permite enfrentarse directamente a su enemiga y derrotarla sin tener que esperar a que sea el príncipe quien lo haga; de hecho, ¿qué puede haber que impida que sea ella quien lo salve de una muerte segura?, cosa que efectivamente ocurre en esta versión.
No es que quiera restarle mérito al intento. Si partimos de que el cine es una forma de arte, en todo caso lo que me parece es que lo que puede cuestionarse es lo burdo y obvio del intento. Lo encuentro carente de sensibilidad, inteligencia y arte. La factura es, pues, típicamente Disney.
Lo que también me preocupa es que, hasta donde he podido corroborar, soy la única en mi entorno inmediato que encuentra sosa la película. En el trabajo dos o tres madres que han llevado a sus hijas a ver la película hablan maravillas de la obra. Sí, me provoca extrañeza porque sé bien que estas mujeres son inteligentes y mundanas; sin embargo, se les llenan los ojos de estrellas cuando hablan de
Enchanted.
¿Seré yo entonces a la que le falte una célula en mi hechura de madre y mujer? ¿Será que la niña que fui no vive más en mi interior y por eso no sé apreciar estos cuentos animados?
Si me baso en las reacciones de mi hija de nueve años, sé que pueden parecer mágicos y posibles (por lo mismo) ciertos hechos y ciertas personas, y que a los ojos de niños de esta edad, cuando todavía no llega la adolescencia con su incredulidad y cinismo, influye más la apariencia de la belleza física, la amabilidad de las princesas, los vestidos llenos de vuelos y encajes, y los finales felices y que además es claro que no hay herramientas para cuestionar el valor artístico de una producción como la de
Enchanted. Eso lo veo y lo acepto.
Finalmente los niños no van al cine en plan crítico, sino en plan de disfrutar de lo desbordante de su imaginación y para lo cual el cine es terreno más que propicio. Finalmente, también, creo que es muy claro que esa es la apuesta de Disney.