Publicado el viernes 10 de mayo del 2013

Pierden libros la batalla en la disputa del tiempo libre de la gente

Agencia Reforma

GUADALAJARA, Jalisco — Advierte, con nostalgia y no menos pesar, que con la llegada de las videocaseteras, los libros empezaron a perder la batalla en la disputa del tiempo libre de la gente, que se fue alejando de las librerías más tradicionales de Guadalajara, que con los años tuvieron que cerrar.

Lamenta que perdieran la batalla instituciones enraizadas en la tradición tapatía de mediados del siglo pasado, como Librería Carlos Moya, Librería Font y Librería Casarrubias, a las que acudían los tapatíos más instruidos y cultos, los maestros y los padres de familia, los estudiantes de todos los grados hasta universitarios, hasta que el Centro se convirtió en un terreno inhóspito.

Dice que la gente empezó a abandonar el corazón de Guadalajara luego de las explosiones del colector en el Sector Reforma, y de la construcción de la Línea 2 del Tren Eléctrico, al agudizarse la falta de estacionamiento y la competencia de las nuevas plazas comerciales.

Considera que con la pérdida de los lectores fieles, que amaban los libros, se extravió un poco el espíritu de la Guadalajara provinciana de mediados del siglo pasado.

Alejandro Casarrubias Jiménez nació el 9 de febrero de 1944 en Coyoacán, Distrito Federal, aunque sus padres le trajeron a vivir a Guadalajara cuando tenía dos años de edad. Hijo de José Manuel Casarrubias Mendizábal, quien en 1955 fundó la Librería Casarrubias y de Edelmira Jiménez Alcaraz, quien fuera su fiel colaboradora en los tiempos duros.

Tiene cuatro hermanos: Edelmira, María Eugenia, José Manuel y Patricia. Egresado de la Facultad de Economía de la UdeG (generación 1960-1965), estuvo casado con María del Pilar Iturbide Zuloaga, con quien procreó cuatro hijos: Alejandro, Álvaro, María del Pilar y Jorge.

Pioneras

¿Quiénes fueron pioneros entre los libreros del siglo pasado?

Las grandes librerías del siglo pasado fueron, la primera y la más antigua, Librería Carlos Moya, que estaba por Morelos. Luego la Librería Font y nosotros, Librería Casarrubias. Esas fueron las tres primeras en Guadalajara, las que ya eran de un buen nivel, aunque Moya era más bien papelero. Nosotros fuimos los primeros que permitimos a los clientes tomar los libros para hojearlos y escoger el que más les interesara. Antes de eso los libros estaban en las vitrinas de los mostradores, a las cuales no tenían acceso los potenciales compradores.

Todo empezó porque mi papá tenía un compadre que se dedicaba a la distribución de revistas y periódicos en todo el noroeste del país, desde Tepic hasta Tijuana. Él se hizo rico vendiendo revistas y periódicos, y fue quien le propuso a mi papá que pusiera una librería y le apoyó para que lo hiciera. Empezó más o menos en 1955, en un lugar pequeñito, que estaba lejos de ser un buen negocio. Se ubicaba sobre López Cotilla, entre Ocampo y Donato Guerra.

Mi padre se había dedicado entre 1950 y 1955 a la venta de enciclopedias y libros técnicos de Medicina y Agricultura, por todo el noroeste del país, desde Jalisco hasta Baja California. Mi padre vendía libros en abonos, pero no sabía nada de cómo se manejaba una librería.

Mi padre financiaba la librería y mandaba dinero desde donde andaba para sostener el negocio, que era atendido por mi madre. Vendíamos novelas, literatura en general y libros de superación personal.

Luego les ofrecieron a mis padres el local de López Cotilla y Donato Guerra, por ahí de 1970, en donde la librería estuvo muchos años. Cuando mi padre puso la librería, en 1955, yo tenía 11 años y empecé a leer, pues tenía todos los libros a mi disposición. La enciclopedia A través del Ancho Mundo, que tenía once tomos, me la leí completa. Después leí completito el libro Las mil y una noches, también el libro de Mickey Spillane (I, the Jur; Yo, el Jurado) donde aparece su célebre personaje del detective Mike Hammer.

Inclusive, por esa época, la librería era tan conocida que hasta filmaron ahí varios capítulos de una telenovela, en donde salía un personaje que hacía el papel de dependiente y eso le dio más fama a nuestro negocio.

En abonos

¿Cómo era la gente de esa época?

La gente iba mucho al centro de Guadalajara, pues no había plazas comerciales. La gente leía mucho, pues estaba ávida de aprender. Iban muchos maestros a la librería. Los profesores recibían cheques para material didáctico y nosotros se los cambiábamos. Mi madre recibía con amabilidad a la gente, pues tenía una hermosa sonrisa.

En aquella época la Universidad de Guadalajara no tenía centros universitarios en las regiones. Venían a estudiar a Guadalajara muchachos de otros municipios. Muchos llegaban con mi papá y le platicaban que necesitaban libros, pero no tenían dinero para comprarlos, sobre todo los de Medicina, Derecho y Agricultura. Venían muchachos de Tepatitlán, de Ciudad Guzmán, de muchos otros lugares. Mi padre fue el primer librero que les dio crédito a los estudiantes, con requisitos muy simples. A mi padre le gustaba dar buen servicio, aunque muchos estudiantes nunca le pagaron. El sistema de venta que teníamos también propiciaba que nos robaran muchos libros, pero eso no nos preocupaba.

Las plazas

¿En qué época se hizo cargo de la librería?

Los mejores años de la librería fueron entre 1975 y 1985. Yo me quedé al frente de la librería como en 1980. La librería iba muy bien, pero en aquel entonces empezaron a llegar las videocaseteras y empezaron a abrirse los centros comerciales. La gente que venía a comprar libros se empezó a ir a los centros comerciales. Yo nunca quise llevarme la librería a algún centro comercial, aunque varias veces me lo hicieron notar. Me equivoqué, pues pensaba que siendo la librería más grande y mejor surtida de Guadalajara iba a resistir todo.

Empezamos a tener problemas económicos porque yo sobre inventarié la librería, compraba toda clase de libros y colecciones de libros, con el afán de que fuera la mejor surtida. Pero hubo un momento en que no tenía para pagar. Importábamos muchos libros de España, pues la peseta valía 25 centavos de peso. También importamos muchísimos libros de Argentina.

El libro compite por el tiempo libre. Con la llegada de las caseteras la gente empezó a ver más películas que libros. Los hábitos de consumo cambiaron y la gente empezó a irse a las plazas comerciales. El retiro de la gente del centro de Guadalajara se profundizó después de la tragedia del 22 de abril de 1992 (explotaron casi 14 kilómetros del drenaje del Sector Reforma, que causaron, oficialmente, 206 muertes, presumiblemente por la gasificación de millones de litros de gasolina tirados al colector).

Después las cosas fueron peores, pues la gente dejó de llegar a los comercios del centro, al realizarse la construcción de la Línea 2 del Tren Eléctrico (entre enero de 1992 y julio de 1994), que duró muchísimo tiempo. Infinidad de comercios fueron afectados y quebraron. Inclusive se empezó a agravar el problema de la falta de estacionamiento.

El cierre

¿Cómo enfrentó esa situación?

A mí me encantaban los libros y el trato con la gente. En ocasiones llegaba la gente sin dinero y se llevaban los libros, pues les decía que me los pagaran luego. Para enfrentar la crisis de ventas en el centro cambié la librería a un local sobre Calzada del Federalismo, pero dejó de ir la gente. Fueron dos o tres años y cerramos como en 1992, porque ya no era negocio.

Después un amigo me ofreció que fuera gerente de la papelería Tecnium y luego fui regidor de oposición en Zapopan (1998-2000), postulado por el Partido Verde Ecologista, en la Administración del panista José Ramírez Acuña. Siempre he tenido vocación de servicio y la política es un buen espacio para servir. A mí nunca me ha importado el dinero por el dinero. Por eso me he sumado a causas por la ecología, por los derechos humanos, por la rendición de cuentas y la transparencia.

Cuando supe que el candidato del PAN en Zapopan iba a ser Pepe Ramírez Acuña, a quien muy poca gente conocía, pensé que podría tener alguna oportunidad de ganar. Busqué a la presidenta del Partido Verde, Liliana Reguera, para decirle que estaba interesado en contender por la alcaldía de Zapopan. Le expliqué que había tenido una librería, que había sido consejero de la Cámara de Comercio y del Centro Empresarial, y que era una persona muy conocida.

Finalmente sólo me alcanzaron los votos para ser regidor de representación proporcional. Hice una campaña sin recursos, pues el partido no me dio ningún apoyo. Como regidor acudía a trabajar todos los días, mañana y tarde. En vacaciones, cuando no salía de viaje, por lo menos acudía toda la mañana a mi oficina, de tal forma que tuve oportunidad de impedir algunas corruptelas y abusos.

Después, en el 2003, fui candidato a presidente municipal de Guadalajara, por el Partido Liberal y en 2006 fui candidato a diputado por el Distrito 13, postulado por el Partido Convergencia, sin mayor fortuna.

Pérdida

¿Qué fue lo que se perdió cuando la gente se alejó de la lectura?

El libro compite con el tiempo libre del cine, de las películas en disco, con la Internet. Antes había más calidad intelectual en la gente.

¿Qué políticos son buenos lectores?

Buenos lectores, entre los priistas, el ex gobernador Flavio Romero de Velasco, Juan López Jiménez, Paco Morales Aceves; los panistas, Macedonio Tamez Guajardo y José de Jesús Martínez Gil. Pero hay que recordar que en los viejos tiempos, en la Librería Font, que era más vieja que la nuestra, se reunían intelectuales como Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Francisco Rojas González y algunos más.

¿Cuántas bibliotecas ha fundado, en su carácter de promotor de la lectura y amante de los libros?

Como doce. La más importante es la de la policía municipal de Guadalajara que está en el Periférico. Es la más bonita porque está pegada a la Barranca. La puse cuando Macedonio Tamez era director de la policía (2007-2009). Ahí doné 5 mil libros. Pero una biblioteca hay que promoverla, hay que organizar conferencias, círculos de lectura. También fundé la biblioteca de los Guachimontones, en Teuchitlán. Les mandé libros a Atoyac, pero todavía no la instalan. También le llevé como mil 500 libros al párroco de la Colonia Miramar, que está pegada al camino a La Primavera, en Zapopan, pero hasta la fecha ni se ha instalado la biblioteca ni han querido decir en dónde están los libros. Esos libros deberían usarse para la gente, no para que estén guardados.

Todavía tengo en bodega 5 mil libros, de los que me quedaron cuando cerré la librería, para donarlos a instituciones que puedan hacer buen uso de ellos. Mi correo es alcasa09@gmail.com, para quienes los necesiten para algún proyecto nuevo.

Sus gustos

¿Cuántos libros ha leído?

Unos dos mil, no tengo idea. En algunos años —sobre todo cuando era librero— he llegado a leer hasta cinco libros por semana (260 al año). Hay algunos libros que te jalan, como por ejemplo, a mí me gusta mucho leer sobre la vida de Abraham Lincoln; Anhelo de Vivir. La Vida De Vincent Van Gogh, de Stone Irving, y El Corazón de Piedra Verde, novela de Salvador Madariaga, por citar algunos.

La gente debería leer sobre la vida de Gandhi; La Perla, de John Steinbeck; Psicocibernética, de Maxwell Maltz;Cómo ganar Amigos, de Dale Carnegie, son los que en este momento se me vienen a la memoria.

Entre los escritores mexicanos habría que leer las grandes obras de Agustín Yáñez (Al Filo del Agua, La Tierra Pródiga y Las Tierras Flacas, entre otras); La Vida Inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero; de mis tiempos, las obras de José Agustín (La Tumba, Ciudades Desiertas, Cerca del Fuego y otras más); desde luego, Fernando del Paso, con sus Noticias del Imperio. De los extranjeros la gente debería leer las obras de Fernando Savater, Jack London, Emilio Salgari y Julio Verne.