Editorial
Publicado el viernes 16 de marzo del 2012
A merced de la muerte
La Estrella Digital
La violencia y la inseguridad que se vive en México ha propiciado cambios de conducta y nuevas costumbres que hasta hace poco tiempo parecían impensables, se trata de comportamientos que aparecen impulsados por el miedo a morir en medio de una balacera o a convertirse en un desaparecido.
Los habitantes del Norte de México para enfocar a los que están más cercanos a la frontera con Estados Unidos por el temor a perder la vida o a ser secuestrados, en los últimos tiempos se han visto obligados a modificar sus estilos de vida por esas circunstancias causadas por la disputa del dominio de territorios entre criminales y por la guerra contra el narcotráfico que sostiene el gobierno de Felipe Calderón.
En ciudades como Monterrey, Nuevo Laredo o Ciudad Juárez la gente ya no vive en paz, muchos ya no salen a divertirse ni a pasear después del atardecer pues las balaceras están a la vuelta de la esquina.
Muchos, los que pueden, han optado por venirse a Estados Unidos con todo y familia para huir del terror y de la muerte; otros tantos asumen un drástico cambio en su vida al comprar vehículos blindados, adentrándose con ello a la constante zozobra de vivir en un mundo paranoide, como en estado de guerra y es que efectivamente están en un estado de guerra.
Lo patético es que quienes hoy se protegen con autos blindados son ciudadanos, civiles que no son protagonistas de esa guerra sino víctimas colaterales de la misma; y no son esos personajes célebres que en el mundo de la política viven en continuo riesgo de sufrir el ataque de un enemigo o de un fanático, es la gente común y corriente la que cada día más se decide a comprar el blindaje de sus autos particulares, a lo cual, dicho sea con énfasis, económicamente no cualquiera tiene acceso. De esto da cuenta la prosperidad de los talleres dedicados al blindaje de vehículos, como el que se enfoca en el reportaje de esta edición, que en Dallas cada vez recibe más pedidos.
Lo anterior evidencia de incuestionable manera la fragilidad y el riesgo cotidiano en que viven las poblaciones de esas ciudades, donde sus gobernantes y sus potentados seguramente se desplazan por las calles en estos vehículos equipados para salvar la vida, pero es un hecho doloroso y terrible constatar que los millones de ciudadanos no poderosos viven a merced permanente de la muerte.