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Enfrentado a una nueva provocación de la extrema derecha republicana en la Cámara de Representantes, este fin de año el presidente Barack Obama obtuvo una victoria que aunque provisional, es importante estratégicamente.
Así lo vieron Mitch McConnell, el líder del Partido Republicano en el Senado, Karl Rove, de la cúpula del establecimiento político del partido, la archi conservadora página editorial del Wall Street Journal y distinguidos académicos de think tanks no menos conservadores, como Norman Ornstein del American Enterprise Institute. El tema de la controversia en esta ocasión fue el rechazo inicial en la Cámara de Representantes a aprobar una extensión de dos meses de los recortes fiscales de las nóminas para 160 millones de trabajadores, un proyecto de ley que ya había sido aprobado con el voto de los republicanos en el Senado. Irónicamente, de haber sido aprobado el proyecto de ley que proponía la derecha republicana los contribuyentes habrían tenido que pagar, en promedio, aproximadamente $86 dólares más al mes en impuestos. Un asunto que siempre ha sido anatema para los republicanos. Contra toda lógica, el experimentado líder de la Cámara de Representantes, John Boehner no pudo controlar a un puñado de políticos novatos del Tea Party y le lanzó un reto al presidente pensando, equivocadamente, que con la bravata le acorralaba. Calculando mal su fuerza el liderazgo republicano en la Cámara Baja conminó al presidente a ordenarle al Senado regresar de sus vacaciones de navidad para renegociar los plazos del proyecto de ley ya aprobado.
Inteligentemente, Obama aprovechó la oportunidad que le ofrecían y utilizando una estrategia diferente a la que empleó durante el debate para fijarle un techo a la deuda pública, esta vez el presidente se abstuvo de participar en las negociaciones del Congreso y salió de la Casa Blanca para hacerle notar a la gente común y corriente la terquedad de un Congreso que se opone a cualquier compromiso y a explicarle cuáles serían las consecuencias que la maniobra de los republicanos tendría en los bolsillos de los contribuyentes. La rebelión duró poco. Los rebeldes se rindieron a la primera escaramuza y Obama ganó el pulso. Antes de salir de vacaciones el presidente firmó la ley en cuestión mientras Boehner admitía que lo hecho "no fue, quizá, la maniobra política más inteligente posible".
De la derrota de los republicanos en la Cámara Baja lo insólito es que el desenlace de la trama que se inventaron era totalmente previsible y a pesar de ello, apostaron a que el presidente se echaría para atrás. Boehner sabía perfectamente lo que los republicanos en el Senado estaban negociando. La victoria de Obama, por otro lado, fue un triunfo político importante aunque provisional. A su regreso a Washington y antes de que se cumpla el plazo de dos meses, el Congreso tiene que ponerse a trabajar en una nueva ley que reduzca el déficit presupuestal mediante una combinación de aumento a los impuestos y recortes al gasto. Mientras tanto, la popularidad de Obama ha tenido un repunte según reporta la encuesta del Washington Post, CNN, ABC News y las seis encuestas que registra Real Clear Politics, que muestran un índice de aprobación del 49 por ciento. Un porcentaje que, aunque bajo, muestra una notable mejoría si recordamos que apenas en agosto de este año, el índice de popularidad de Obama había caído al 38 por ciento. Otro factor importantísimo para Obama es que según la encuesta del Washington Post, la mejoría se debe a una mejor percepción del presidente entre grupos clave como los independientes, los jubilados y los jóvenes. Es decir, tres grupos de votantes con suficiente poder como para inclinar el fiel de la balanza en una elección apretada.
Obviamente, también le ha beneficiado un poco la caída en el índice de desempleo, que en noviembre se situó en el 8.6 por ciento, la primera vez en dos años y medio que baja del 9 por ciento. Y entre ciertos sectores de la población es probable que Obama siga beneficiándose del repunte que tuvo en mayo después de la operación militar que culminó con la muerte de Osama bin Laden.
Y mientras tanto los que siguen perdiendo puntos frente a los votantes son Boehner, Eric Cantor, el líder de la mayoría republicana en la Cámara Baja y el Tea Party. También salió perdiendo el Congreso entero que mostró el asombroso nivel de improvisación con el que trabajan los representantes populares, la ineficiencia del sistema y la irritante incapacidad que tienen los dos partidos para entender que lo que la ciudadanía les exige es que se pongan a trabajar en conjunto por el bien común.
La gran pregunta, sin embargo, es si a Obama le basta con este tipo de triunfos limitados y esporádicos para convencer a los votantes que el país empieza a recuperar el rumbo perdido. A su favor está la apabullante debilidad del elenco de candidatos republicanos y a estas alturas del proceso electoral a lo menos que puede aspirar Obama es a que en noviembre la gente decida que más vale malo por conocido que bueno por conocer.
Sergio Muñoz Bata es mexicano, estudió filosofía en la UNAM y literatura en USC; escribe en 20 periódicos en 12 países. Colaborador de Agencia Reforma.