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En la víspera de las elecciones primarias del partido republicano a la presidencia en Estados Unidos ninguno de los candidatos ilusiona a los electores.
El tres de enero, con el Caucus en Iowa, y siete días después con la primera elección primaria en New Hampshire, el Partido Republicano empieza su proceso de selección de su candidato a la presidencia.
Según la mayoría de las encuestas, Newt Gingrich, quien fuera el líder de la Cámara de Representantes de enero de 1995 a enero 1999, estuvo adelante en Iowa. Mitt Romney, un ex gobernador de Massachusetts lidera las encuestas en su estado. Hoy, todo indica que la carrera será entre estos dos aunque, curiosamente, ninguno de los dos despierta el entusiasmo de los republicanos ni ahí ni en el resto de la nación. Las opiniones de los votantes sobre ambos me hacen recordar el viejo refrán que dice que "en el país de los ciegos, el tuerto es rey".
Ahora bien, es cierto que si comparamos el historial político de Gingrich con el del resto el de Gingrich tiene más peso, por lo menos en el papel. El fue el líder de la llamada Revolución Republicana que en la elección de 1994 arrolló en la Cámara de Representantes, ganando 54 curules, y ocho senadurías más para arrebatarle el control del Congreso a los demócratas y romperles el monopolio político que tuvieron por cuatro décadas.
Como premio a su labor, Gingrich se convirtió en el líder del Congreso. Un ascenso que fue una bendición para el presidente Bill Clinton. En vez de enfrentarlo, Clinton sacó a relucir sus asombrosas habilidades políticas para manejar a su antojo al líder del Poder Legislativo y así dejar un legado que ninguno de los presidentes que le sucedieron ha podido igualar. Irónicamente, la reputación de Gingrich empezó a desmoronarse cuando todavía no cumplía ni dos años en su gestión y el desencanto fue infinitamente peor entre sus colegas republicanos.
A mediados de 1997, un grupo de 20 representantes republicanos se rebeló contra su líder aduciendo que su estilo de gobernar era "caótico". Los veinte se quejaron de su impericia política, de sus constantes desviaciones éticas, de sus descabelladas y rimbombantes declaraciones, de su egolatría y de su falta de disciplina. Finalmente la revuelta republicana triunfó al persuadirle para que renunciara al liderazgo al año siguiente y a la Cámara de Representantes en 1999.
Asombrosamente, todavía hoy, a más de una década de distancia, sus colegas republicanos siguen detestándole. De los 240 representantes republicanos que hoy ocupan una curul solo siete le han dado su apoyo en esta campaña mientras que Romney cuenta con 54 de ellos. Hasta Rick Perry puede presumir de tener el doble de endosos que Gingrich. Para muchos de sus colegas, su errático desempeño en la Cámara Baja bien podría prefigurar su descabellado comportamiento en la Presidencia. Lo único bueno, han dicho varios de ellos, es que cuando Gingrich siente los reflectores, su tendencia natural es a la autodestrucción.
Una tendencia que ya se ha manifestado varias veces en los dos últimos meses, precisamente los meses de su relativo auge en las encuestas. Considere por ejemplo que a principios de mes, ignorando las leyes laborales y demostrando su absoluta falta de sensibilidad dijo que "los niños más pobres, los que no tienen el hábito de ganar dinero salvo ilegalmente deberían ser puestos a trabajar en las escuelas."
La semana pasada, durante una entrevista televisiva en el Canal Judío, dijo que "los palestinos son una invención." Negó categóricamente que tuvieran ningún derecho histórico a reclamar su tierra. "Los palestinos", dijo "son en realidad árabes que tuvieron muchas oportunidades de irse a muchos otros lugares." Y como para darle autoridad a sus declaraciones abundó diciendo "cuando se estableció el Imperio Otomano no había ningún estado palestino." Lo que no dijo es que en ese momento histórico en la vida de la región tampoco había un estado Israelí ni ahí ni en ningún otro lugar.
Donde sí hay un poderoso aparato de cabildeo de la comunidad judía y del gobierno israelí es en Estados Unidos y Gingrich sabe que quedar bien con los judíos norteamericanos es un ejercicio muy redituable para los políticos que son dóciles y maleables.
Lo que queda bien claro es que Gingrich es un político oportunista a quien no le preocupa contribuir al desprestigio de la ya de por sí escorzada política exterior de Estados Unidos en la región. Para él, de lo que se trata es de ganar la presidencia a cualquier costo aunque esto signifique decirle al lobby judío más intransigente y radical solo lo que este quiere oír.
Pero no olvidemos que a Gingrich le gusta presumir de su título de historiador. Hace poco, cuando los otros aspirantes a la candidatura republicana le reclamaron que a pesar de sus críticas a las generosas dádivas del gobierno federal, Gingrich recibió más de un millón y medio de dólares como "consultor/cabildero," de la compañía Freddie Mac, una de las compañías hipotecarias directamente responsables de la crisis hipotecaria del 2008, y cuyo rescate le costó a los contribuyentes 169 mil millones de dólares, Gingrich negó haber cabildeado para ellos.
Y en un despliegue de cinismo, defendió sus honorarios aduciendo que su consejería a la hipotecaria fue como historiador. Seguramente para precisarles su lugar de privilegio en la historia nacional.