Publicado el jueves 07 de julio del 2011

Filosofía zombi, de Jorge Fernández Gonzalo

Agencia Reforma

"Vivimos el mundo ya no directamente, sino a través de nuestros signos, de una hiperrealidad donde los medios nos obligan a vivir la realidad de una manera indirecta y nuestras relaciones están intermediadas y trabadas por un nuevo modelo de vivencia sentimental que acaba de nacer", asegura el filólogo e investigador español Jorge Fernández Gonzalo.

Con su libro Filosofía zombi, Fernández Gonzalo (Madrid, 1982) fue elegido finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2011; en la obra aborda los efectos discursivos del poder y sus códigos semióticos, pero también las trabas del capitalismo, sus estrategias mediáticas y publicitarias, la formación de individuos narcisistas y las prácticas tecnoafectivas que los definen.

En entrevista, afirma que en este momento, las sociedades están a la expectativa de lo que pasará con toda una serie de dispositivos de mediación de las relaciones interpersonales, que no sólo alejan del vecino, sino que acercan a alguien que puede estar a cientos o miles de kilómetros.

Eso establece una paradoja cuyo colmo sería encontrar a través de Internet a una novia y que ésta resultara ser la vecina, algo que con toda seguridad ya se ha dado en algún lugar, dice, porque no es que la realidad supere a la ficción, sino que hoy la hiperrealidad está superando a la realidad.

En el libro, aunque los temas se diversifican mucho, lo que se plantea a lo largo de sus 213 páginas es el problema de la mediación, un problema de lenguaje, sostiene Fernández Gonzalo, codirector de la publicación digital Revista Neutral y autor del ensayo La muerte de Acteón. Hacia una arqueología del cuerpo, y de los poemarios El libro blanco (Premio de Poesía Hiperión 2004) y Arquitecturas del instante.

"Eso se transmite a todos los ámbitos, y por eso yo me permito hablar de política, de arte, de cine, de procesos en donde hay una intermediación. Uno de ellos es el de las relaciones tecnoafectivas; es decir, relaciones que están intermediadas, trabadas por signos. Ahí el prefijo no es gratuito y por eso hablo de hiperconsumismo, de tecnoafección, de hiperrealidad, porque el prefijo no es sólo un superlativo ni una propiedad amplificadora del término, sino que nos la retrasa espacial y conceptualmente", señala.

Y eso es parte de lo que propone en el libro, agrega, donde se establece que los términos tradicionales están imbuidos de espectacularidad, de signos, de mediación.

"Por ejemplo, sobre las relaciones afectivas, de lo que hablo es de redes sociales, de algunos protocolos mediatizados como el teléfono móvil y sus mensajes, e Internet".

En su ensayo, Fernández Gonzalo utiliza el zombi como figura artefacto cultural sometido a variantes históricas.

"Hemos visto un zombi individualizado e individualista, un autómata que se dejaba llevar por la publicidad, pero hoy el zombi también tiene un sentido de horda, de comunidad, una comunidad muy peculiar, ya que la mayor comunidad zombi que existe en este momento es la comunidad Anonymus, que está intentando, a partir de las redes sociales, derrocar un sistema político, y sus características zombis son muy claras: es un grupo no jerarquizado, donde sus miembros no se conocen, pero tienen un objetivo común y cada uno replica y simula lo que hace el otro, todos con un sentido común".

Sin embargo, el zombi no tiene definición y Fernández Gonzalo subraya que esta categoría tampoco es un modelo aplicable a priori.

"El zombi es más bien un artefacto semiótico, una categoría para analizar las culturas. Pero no es ni un programa afectivo o social, sino un dispositivo que permite analizar la cultura. Y cuando ya no sirva podemos pasar a otro", indica.

La figura del zombi la ha propuesto como una herramienta lingüística de análisis que tiene algo de espectacular y pop, pero que no es un modelo universal.

Respecto al tema de la superación de esa categoría, Fernández Gonzalo expresa que tras una época de revoluciones sociales que tuvieron mayor o menor éxito, a partir de Mayo del 68 vinieron las grandes decepciones de la posmodernidad, en donde se hablaba de un individualismo exacerbado.

"Pero ahora estamos descubriendo que se puede ser social sin tener que crear grandes interdependencias sociales; es decir, una red social no te compromete a compartir la misma ideología, a seguir a un grupo ciegamente, sino que podemos seguir pequeños caminos. Ya no estamos todos en sacos compartimentados, sino que somos bastante plurales en ese sentido y podemos pertenecer a varias hordas y hacer microrrevoluciones, una de ellas, muy interesante por cierto, sería la de la intimidad, o la intimidad como revolución".

Para el autor, en el sistema actual la política se ha espectacularizado, y esa espectacularización pone todo en el mismo nivel.

"En esta espectacularización, tanto el Big Brother como un mitin político expresan un lenguaje que no es persuasivo sino espectacular, convirtiéndose simplemente en patrimonio de nuestro ocio; los políticos ya no nos gobiernan, sino que nos entretienen. Decía Michel Foucault que el poder ya no se ostenta, sino que circula, lo tienen las instituciones y lo dejan pasar, y ya no hay un soberano que dicte las leyes, sino todo un batallón de funcionarios y legisladores que se van pasando el poder y la culpa de unos a otros".

El discurso de la política pasa a ser un hilo musical, una forma de entretenimiento mediático del que forma parte.

"Con la política pasa como con la publicidad, cuando nos vemos expuestos a 20 anuncios y no nos hemos enterado de ninguno", observa.

En este mundo mediatizado, comenta Fernández Gonzalo, fenómenos como el de Wikileaks también se espectacularizan.

"Lo que se nos ha vendido en todos los medios es en realidad una tercera o cuarta revelación mística, pero realmente es algo que sabíamos, pues de todos era conocida la corrupción que impera en muchas partes del mundo", expresa.

"Lo curioso es que el sistema capitalista lo haya convertido en escándalo y signos financieros, en procesos mediáticos, pero en términos efectivos, de acción y toma de conciencia de nuestra realidad, no pasa nada, simplemente todo se tramita como parte del espectáculo".

Otra especulación simbólica en este terreno es la de la crisis, una palabra que toca prácticamente todo lo que se mueve en el terreno político, económico, social y cultural del mundo actual.

"Esto es muy zombi, porque todos los zombis proponen el apocalipsis. Y la crisis es como nuestro apocalipsis zombi económico. El capitalismo consiste en la crisis, es un continuo estado de crisis. La economía consiste en aplazar la deuda, vivir al límite y sobreexpuestos de forma intensiva, gastando más de lo que se produce, dilapidando más dinero del que se tiene", asegura.

El capitalismo tardío funciona porque se ha situado en la plusvalía, en el exceso, en la deuda; ya no existe una economía de producción, sino una economía zombi, que se vive a través de lo que Derrida llamaba fantasma y Baudrillard, simulacros.

"No vivimos el dinero, sino la ilusión del dinero, el concepto fantasmagórico del dinero, porque si el dinero es lo que sustituye a las cosas, ahora estamos viviendo en un capitalismo en el que el dinero también es sustituido".

La matriz de la idea del zombi surgió a partir de un simple deseo de escribir sobre el tema, relata Fernández Gonzalo.

"Fue una ocurrencia: me dije: molaría hacer algo sobre zombis. Y empecé a sacar algunas ideas en blogs, no demasiadas, ya que la mayor parte de la información es sobre cine y tipos de zombis, pero no hay un material muy intenso en la red.

"Así que fui relacionando temas con la idea de zombis y, cuando me planteé organizar un libro, pensé que lo mejor sería ceñirme a un modelo lineal, aunque todo se desperdigara después, y en ese modelo establecí como guión a seguir la filmografía del cineasta George Romero (La noche de los muertos vivientes, Zombi-Dawn of the Death, El día de los muertos, El diario de los muertos, La tierra de los muertos vivientes, La resistencia de los muertos), y fui entrelazando ideas".

Paralelamente, explica, intentó añadir otros productos de zombis, como la serie de televisión y el cómic The Walking Dead.

El autor aclara que en su ensayo no define qué es zombi, ya que prefiere mantener este concepto como una herramienta que permita muchas conexiones.

"Ésa es la idea clave del libro: si yo al principio me propuse ver qué pasaba con esto del zombi, al final descubrí que era una herramienta para ver qué pasa con las conexiones. Zombi, en ese sentido, es una metáfora, un punto cero del lenguaje en donde uno puede realizar conexiones. Tampoco se trata de un género, sino que se establece entre los márgenes y da saltos de una dimensión a otra. Yo creo que zombi significa justamente la posibilidad de contagiarse de un concepto a otro, de un discurso a otro y de una disciplina a otra".

Sin embargo, el acercamiento con la filosofía del que da cuenta el título tiene que ver con el enfrentamiento que Fernández Gonzalo quiso plantear con el mundo académico.

"Aunque no pretende ser un discurso doctoral, este ensayo sí contiene un trasfondo filosófico y semiótico, y hay muchas disciplinas que se engarzan con el tema del zombi".

En ese sentido, señala, también ha elegido otros modelos que descontextualizan la filosofía académica y la mezclan con series de televisión, productos de cómics o música, como Eloy Fernández Porta.

"Aunque hay muchos otros que lo que hacen es rebajar el discurso filosófico en lugar de engrandecer los discursos de obras como Los Simpson, que proponen ideas, modelos conductuales y materiales para pensar muy interesantes".

Respecto al estilo ensayístico de Fernández Gonzalo, cuyo texto es pretendidamente "fílmico", mediante acercamientos, pases rápidos de un tema a otro, planos y contraplanos, improvisaciones de cámara, panorámicas, travellings, etcétera, el autor expone que su intención final al estructurar su ensayo ha sido la de hacer un "libro-DVD", en el que el lector pueda retroceder a placer, saltar escenas, abrir, prestar, usar, rayar y romper.

"La idea está en Deleuze, quien habla de libros nómadas, abiertos, donde uno navega y toma las partes que necesita y sigue adelante. Se trata de relativizar un poco el libro y rebajarle su condición académica, su estatuto de poder. En ese sentido no suelo hablar de libro sino de escritura, que implica no algo acabado sino un proceso.

"En cuanto a la escritura, he unido el tema y la forma. Y me di cuenta que el zombi es la metáfora de mi manera de escribir, donde los temas se contagian sin seguir un modelo o campo de estudio, haciendo un sampleado constante, donde zombi también significa la capacidad de metamorfosear el lenguaje, de convertirlo en una estructura maleable donde un punto puede conectar con otro".

Considerar Filosofía zombi una obra contracultural es equivocado, puntualiza, ya que la contracultura está academizada.

"No me puedo catalogar ni contracultural ni punk ni afterpop; no me considero afín a ninguna corriente, lo que me permite navegar entre todas ellas".

En cuanto al corpus filosófico, el autor menciona, además de Foucault y Derrida, a Blanchot, Guattari o Baudrillard.

"Baudrillard me ha permitido hablar de la cultura del espectáculo, de cómo los signos tropiezan con la realidad y se anteponen a ella, además de que su escritura es zombi totalmente, ya que él no sigue un programa específico sino que navega y va enlazando ideas".

Derrida fue especialmente bueno hablando de la diferencia, del grama o del suplemento, y el zombi es de algún modo una etiqueta derridiana, explica, porque el zombi es una herramienta para deconstruir el lenguaje, una especie de suplemento deconstructor.

"Foucault me interesa, además de sus análisis sociales sobre el poder, por su análisis del lenguaje en obras como Las palabras y las cosas, al que debe mucho mi libro, con el cual zombifico muchas ideas de Foucault, porque si él hablaba de disciplinas construidas históricamente que delimitan sus propios márgenes sobre lo que es cierto o no, si todo el lenguaje está estructurado en pequeños compartimentos, el zombi sería esa facultad, ese producto o artefacto deconstructor que se permite el lujo de navegar e infectar diferentes compartimentos y teorías, y hacer conexiones, ya que el zombi simboliza la conexión de lo que no está próximo.

"En ese sentido, también relaciono al zombi con otra figura, en este caso de Deleuze y Guattari, que es el rizoma. El lenguaje es para mí un rizoma, y una de sus características es que un punto cualquiera puede conectar con otro punto cualquiera. Y yo utilizo el zombi como una metáfora de ese tránsito o nomadismo entre puntos distintos".

Por último, Fernández Gonzalo apunta que la categoría de zombi que él propone hace 10 años no hubiera sido posible, ya que estaba lastrada de forma negativa en nuestro imaginario cultural.

"El zombi se mueve entre polos positivos y negativos e, incluso, ya hay zombis con cierto encanto como personajes, y yo creo que este libro se mueve en un universo cultural en el que el zombi ya es parte de nuestro patrimonio mítico o imaginario.

"Si en su día el zombi representaba las masas automatizadas, anónimas, hoy representa la capacidad de que nos unamos, de que nos contagiemos diferentes afecciones, no infecciones, y que podamos unirnos aunque haya muchísimas cosas que nos separan para realizar proyectos en común".

Y, en última instancia, no estaría mal que la horda zombi, que antes daba mucho miedo, creara revoluciones, dice.

"Porque, finalmente, la horda zombi es Internet, es el anonimato, la separación de todos los que estamos ahí, donde nos contagiamos unos a otros, donde asistimos a nuestra propia novela zombi viendo cómo se despliegan y reinventan las redes sociales cada día, cómo se mueven la moda y el espectáculo, pero también cómo puede estar ahí la posibilidad de movilización".