Enfoque
Publicado el jueves 12 de mayo del 2011
Estamos matando el futuro
Agencia Reforma
MÉXICO, DF El 2 de diciembre de 2010 fue detenido en Morelos un niño de 14 años identificado por la Procuraduría estatal como miembro de una célula del crimen organizado.
Rodeado de militares a los que apenas llegaba al hombro, El Ponchis respondió a las preguntas de soldados y periodistas antes de ser llevado al Ministerio Público. Mientras era videograbado, declaró haber degollado a cuatro personas.
Tres meses antes, el 12 de septiembre, frente a las cámaras de televisión el gobernador tabasqueño Andrés Granier había informado con preocupación sobre la captura de una niña de 13 años de edad. "Se trata de una gatillera entrenada para delinquir y matar", dijo.
El periodista Javier Valdez Cárdenas investigó, seleccionó y escribió 36 historias de niños y jóvenes, víctimas y victimarios del narcotráfico: hijos de familia, adolescentes, socorristas, músicos, estudiantes de todos los niveles, campesinos, mecánicos, sicarios, habitantes urbanos y jóvenes criados en la sierra sinaloense. Todo quedó plasmado en el libro Los morros del narco (Aguilar, 2010).
El cuarto libro de Valdez Cárdenas está dedicado a "las morras y morros que por vivir en este país son suicidas", que mientras crecen miran cómo los "levantones", los asesinatos, los secuestros y las decapitaciones son lugares comunes. En entrevista con Enfoque, el sinaloense afirma: "estamos matando el futuro de México".
Aunque no existen cifras oficiales, la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) señaló en enero, en su informe relativo a la participación de niños en conflictos armados, que unos 30,000 niños están involucrados con la delincuencia organizada, en la comisión de 22 tipos de delitos: narcotráfico, secuestro, trata de personas, extorsiones, contrabando, piratería, entre otros.
De acuerdo con la Redim, de diciembre de 2006 a octubre de 2010, 994 niños murieron en la lucha contra la delincuencia organizada, casi el doble de los registrados en todo el sexenio de Vicente Fox, con 503 casos. De 2007 a 2008, la tasa de homicidios de adolescentes de 15 a 17 años se incrementó en Chihuahua 364 por ciento y en Sinaloa 543 por ciento.
Con más de 20 años de carrera periodística y ocho enfocados al narcotráfico, Valdez ha visto de cerca cómo el virus del narco que está enfermando a los mexicanos se ha convertido en epidemia, e infecta todo el tejido social: hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños.
De ahí le vino la idea, dice, cuando la realidad que miraba todos los días en su natal Culiacán le cacheteaba la cara con historias, en las calles, en los vecindarios; pero tras una visita que hizo al escritor Carlos Monsiváis, en el Distrito Federal, decidió narrar estos casos.
"Fui a hablar con él a su casa, a entregarle unos libros, él ya estaba enfermo. Se mostró temeroso por el trabajo periodístico de nosotros, y me recomendó que escribiera sobre los niños y los jóvenes", comenta Valdez, "tenía mucho material, pero había que investigar muchísimo más. Me llevó como un año hacerlo y luego escribir".
Entre las 36 crónicas que el autor compila se hallan relatos sobre niños campesinos que intentan resistir la seducción del narco, niños impacientes por mostrar al mando de algún cártel que además de decapitar son capaces de memorizar los rezos encomendados, estudiantes de primaria que con videos presumen haber presenciado alguna ejecución, maestras que venden juguetes en forma de "cuernos de chivo" en las cooperativas escolares, socorristas asesinadas mientras salvaban vidas y jóvenes que mitigan el aburrimiento matando indigentes.
"El común denominador de las víctimas y victimarios de estas historias es la vergüenza de vivir en un país que está matando sus esperanzas en cada una de las historias que se cuentan", comenta el autor de la columna Malayerba en el semanario independiente Ríodoce, que se edita en Culiacán.
La muerte del futuro
De acuerdo con cifras de la SSP y las Fuerzas Armadas, entre diciembre de 2006 y abril de 2010 fueron detenidos en operativos contra la delincuencia organizada 3,664 menores de 18 años. Sus edades oscilan entre los 7 y los 17 años.
Aunque no existen cifras oficiales, desde el inicio de este mandato y hasta julio pasado la organización civil Ririki Intervención Social calculó 30,000 huérfanos a causa de la lucha anticrimen.
"Estamos padeciendo la muerte del futuro. Asesinamos el mañana. Si matamos a niños y jóvenes, con esto del narcotráfico, o con el pretexto del narcotráfico, estamos matando la semilla", opina el periodista.
Además de la etiqueta de delincuentes que reciben los jóvenes por parte de la sociedad, indica el periodista, la desatención gubernamental propicia la carencia de oportunidades de educación y empleo.
"Me pareció muy importante incluir este entorno social y económico, el empobrecimiento, la marginación, la desnutrición, la desintegración familiar. El gobierno y la sociedad los expulsan a la informalidad, a lo ilegal y el narco los aprovecha, los coopta, los organiza, los usa y los desecha, son carne de cañón", indica.
El también corresponsal del diario La Jornada en Sinaloa lamenta que las medidas para combatir la criminalidad estén enfocadas al uso de los cuerpos de seguridad.
"Siempre, el rollo militar, policiaco, y creo que está provocando una situación de miedo como forma de vida, porque el narco es una forma de vida y no un fenómeno policiaco. La presencia del narco no es efímera, no es epidérmica, está hasta el tuétano de nuestra vida cotidiana", indica.
Ceder el espacio
La pérdida de humanismo y solidaridad es una muestra de la ruptura del tejido social a causa del narcotráfico, apunta.
"Una sociedad enferma produce niños y jóvenes enfermos: del narco, del dinero, del poder, de la vida fácil, de la impunidad, del salvajismo, del homicidio, de la falta de gobierno", añade, "como sociedad somos un fracaso. No hay ejercicio ciudadano. Nadie protesta, el narco manda en la calle, en la escuela, en el trabajo, en el gobierno.
"Cedimos la banqueta, la plazuela, el centro comercial, la cochera, nos encerramos en nuestras casas. Cedimos espacios que ocupó el narco".
Valdez asegura que aunque su libro intenta mostrar lo que ocurre con las nuevas generaciones, los niveles de violencia que padece México rebasan lo plasmado en un trabajo periodístico.
"Se pueden contar los muertos, los casquillos, los decomisos, la droga asegurada, pero ni la mejor crónica ni todas juntas cuentan el nivel de podredumbre, de perdición en que se está convirtiendo este país en muchas regiones. ¿Cómo mides el miedo?", cuestiona.
Una forma de disminuir los efectos de la enfermedad del narco, afirma el sinaloense, es la recuperación de los espacios públicos.
"No es gran cosa pero sí es importante, hay que resistirse a la costumbre de la violencia. Decía Carlos Monsiváis que estamos educando a los niños para que vean la muerte violenta como algo natural. Hay que resistirse a eso. Hay que luchar, pelear, para que la violencia como forma cotidiana no nos gane terreno", concluye.