'); } -->
MÉXICO, DF Si tu imaginación es parecida a la mía, entonces puede volar alocadamente en la zona arqueológica de Tula, en Hidalgo, a menos de dos horas de la Ciudad de México.
Tula es hoy una ciudad industrial donde reina Pemex, pero hace un milenio según dicen era una ciudad aún más grande e increíblemente cosmopolita.
En la antigua Tollan, capital del imperio tolteca, habitaban personas de todo el continente, quizá hasta de tierras más lejanas. Jade de Guatemala, turquesa de Nuevo México y joyas hechas con conchas marinas y jaguares esculpidos (no hay jaguares en Hidalgo) recuerdan la diversidad de esta metrópoli.
De ese esplendor hoy sólo quedan ruinas: pirámides al aire libre, dos juegos de pelota y, por supuesto, los famosos Atlantes, pilares de un templo desaparecido. Pero, ¿quién fundó Tollan? (cuyo nombre significa cerca del tular) ¿Un dios con forma humana, un monje que vino del otro lado del mar o visitantes del espacio exterior?
Alejandro Barrientos, guía oficial de la zona, esclarece el misterio. Apegado completamente a la primera versión, cuenta que Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada fundó en el año 900 la capital tolteca, donde ha sido adorado en esta área por más de 2,000 años. Ce Acatl Topiltzin era su principal sacerdote, y en aquél entonces los sacerdotes eran considerados la encarnación del dios al que servían.
Ce Acatl Topiltzin, como lo describió Barrientos, fue una figura similar a Moisés. Nacido en Michatlahco (hoy asociado con el pueblo de Amatlán de Quetzalcóatl, en Morelos), este hombre condujo en el siglo 10 a su pueblo hasta el desierto, donde hoy se localiza el estado de Hidalgo. Allí enseñó a la gente que había vivido de la caza y la recolección a sembrar maíz y también a no sacrificar seres humanos.
Así como rey, sacerdote y deidad, también tenía enemigos, quienes lo llevaron a faltar a su celibato, algo que ocurre hasta en los clérigos de hoy. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, lo expulsaron junto con todos sus seguidores y quienes se quedaron continuaron con los sacrificios. Los arqueólogos descubrieron en 2007 los esqueletos de más de 20 niños ritualmente asesinados.
Se dice que viajó a Cholula (Puebla) y luego se exilió en Yucatán. Justo aquí, en el último lugar, Quetzalcóatl desciende dos veces por año (en los equinoccios de primavera y otoño) por El Castillo de Chichén Itzá, listo para fertilizar la tierra.
Tula, Cholula y Chichén Itzá suman un logro asombroso para una sola vida. En realidad, los templos y pirámides pueden ser más conmemoraciones del notable Ce Acatl Topiltzin, quien pasó por ahí.
La leyenda cuenta que no muere en el exilio, sino que se embarcó en las costas del Golfo y desapareció en las aguas, no sin antes prometer su regreso en cierto año que coincidió con la llegada de los españoles en 1519. De ahí que Moctezuma (hay que recordar que los aztecas se consideraban herederos de la cultura tolteca) creyera realmente que Hernán Cortés era la nueva forma humana de Quetzalcóatl.
Una historia, sin duda, fascinante.
Por otro lado, los irlandeses, o al menos algunos, tratan de hacernos creer que Quetzalcóatl fue un monje irlandés: San Brandán, El Navegante. Supuestamente cruzó el Atlántico y regresó a casa hablando de las espléndidas tierras que había encontrado en su travesía por el mar en el siglo 6. Sí pudo haber llegado hasta América, pero lo hizo demasiado temprano para fundar Tula.
O quizá Ce Acatl Topiltzin fue un extraterrestre que los habitantes de Tula asumieron como Quetzalcóatl. En la década de los 70, cuando la exploración del espacio era una novedad, la semejanza de los Atlantes con los cosmonautas soviéticos y estadounidenses parecía extraordinaria. Cascos en sus cabezas, cuadros como aparatos de oxígeno en sus pechos y aparentes pistolas a los costados... estas semejanzas resultaron un medio magnífico para interesar a los niños en la arqueología.
Apenas ha pasado un siglo desde que los arqueólogos desenterraron en Tula los restos de Tollan. No todos los expertos están muy convencidos de qué papel jugó esta ciudad, pero aquí es cuando comienza a volar la imaginación.