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MÉXICO, DF — En 1933 el congresista demócrata John Dingell presentó una propuesta para un sistema de seguro médico nacional.
La iniciativa no prosperó, pero Dingell la presentó en todos y cada uno de los 22 años que ocupó el escaño.
A la muerte de Dingell, en 1955, fue electo en el cargo su hijo John, quien con 26 reelecciones es el congresista que ha ocupado por más tiempo una posición en la Cámara de Representantes: 54 años con 105 días.
Todos y cada uno de esos años John Dingell hijo presentó la misma propuesta, para sumar 77 años de perseverancia familiar.
La tradición terminó luego de la noche del 21 de marzo de 2010, cuando John Dingell, junto con otros 218 congresistas demócratas, aprobaron el proyecto de ley que reforma el sistema de salud.
El logro es histórico en diferentes niveles: se trata de un gran trazo transformador de la sociedad y una gran lección de política.
Obama tuvo éxito donde Truman, Johnson, Carter y Clinton fracasaron: que el gobierno asuma la responsabilidad de una cobertura nacional de salud.
Es una política pública inspirada en el ADN demócrata: el Estado como protector de la sociedad, la garantía de que esa protección sea la misma para todos, el énfasis en los más vulnerables.
El camino fue largo y complicado.
Comenzó en 1935 con la Ley de Seguridad Social de Roosevelt para proteger a los desempleados; le siguió el Medicare y Medicaid de Lyndon Johnson, para atender a los más viejos y a los más pobres.
Ahora, con la Ley de Reforma Sanitaria se extenderá la cobertura médica a cerca de 32 millones de norteamericanos sin seguro, para los que la salida de una enfermedad sólo tenía dos opciones: la muerte o la bancarrota.
El paso siguiente es que los no-asegurados (por insolvencia o porque las aseguradoras los rechazaron por tener condiciones de salud preexistentes) contraten un servicio de salud, mismo que pagará el Estado. Esta incorporación masiva tendrá un costo, calculado por la Oficina de Presupuesto del Congreso en 938 mil millones de dólares durante los próximos 10 años.
Para financiar este ambicioso plan, la reforma incluye modificaciones en la política impositiva general, ajustes en otros programas y la creación de un nuevo impuesto del 40 por ciento sobre los seguros "premium", aquellos diseñados para las familias que ganan más de 250 mil dólares anuales.
¿Resolverá por completo los problemas de salud de aquel país?
Es probable que no. Pero aún así, se trata de una transformación institucional que califica entre las políticas sociales más ambiciosas e inclusivas de la historia norteamericana. No exagera el analista político Jacob Weisberg cuando afirma que modificará el contrato social norteamericano.
La reforma de salud de Obama es también una gran lección de política: la campaña es para inspirar y convencer, el gobierno es para administrar, pero el poder es para transformar. Obama comprendió que no podía limitar su entrada a la historia al hecho de ser el primer Presidente afroamericano. No podía restringir su primer mandato a administrar la crisis financiera y recomponer la imagen de Estados Unidos en el mundo.
El ejercicio del poder de Obama pasaba por la obligación –la necesidad histórica– de transformar la estructura social.
Así, la firma de la Ley de Reforma Sanitaria revierte una tendencia social: la merma del entusiasmo por la democracia, la idea de que se trata de un sistema político donde es imposible que las cosas sucedan. La reforma no podrá curar todos los males políticos de Estados Unidos, pero es una soberbia demostración de que, sin mayorías absolutas, también es posible dar resultados con la rapidez y profundidad esperada.
Sin duda, la reforma tendrá consecuencias en las elecciones legislativas de noviembre de este año. Una máxima señala que las políticas impopulares llevan a derrotas electorales. Y la reforma al sistema de salud es una política mayoritariamente impopular.
Según el promedio de encuestas realizado por Real Clear Politics, 39.7 por ciento de los estadounidenses está a favor, contra 50.4 que están en contra. Es altamente probable que el Partido Demócrata pierda un número importante de congresistas.
Ésa es otra lección en sí misma: pagar los costos políticos de una decisión de Estado. La forma más segura de ganar las elecciones intermedias era no impulsar la reforma hasta sus últimas consecuencias. En contraste, Obama decidió ejercer su poder a favor de una transformación que garantiza y expande la justicia y la igualdad.
Es la hora de la segunda legitimación de Obama. El gran candidato que resultó ser un gran gobernante. Con la reforma al sistema de salud, la promesa de cambio adquiere un nuevo significado.
El autor es consultor asociado de Gerencia del Poder. zrobledo@gerenciadelpoder.com.mx