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El Mundo  

Publicado el lunes 04 de agosto del 2008

Divide a italianos militarización de calles

Agencia Reforma

ROMA, Italia - Los soldados le piden que se quite el cinturón y las pocas monedas que guarda celosamente en los bolsillos. Moussa cumple y luego se agacha a la sombra de la Land Rover militar.

Son las 9.30 de la mañana y su sueño de este inmigrante está a punto de truncarse a 30 minutos al norte del centro de Roma, en la estación autobuses de Anagnina.

El batallón del Coronel Claudio Caruso lo encontró con tres gigantes bolsas de plástico que contenían mercaderías ilegales. Y sin recibos. Todo acaba en minutos. Un agente le explica qué va a pasar y lo invita a subirse a un vehículo que lo llevará a la comisaría del barrio. En silencio, Moussa, un rostro envejecido y unos grandes dientes salidos, obedece.

Todo normal. Con excepción de un detalle que quizás el inmigrante desconozca: ha caído en una redada especial de un grupo de los 3.000 soldados (de los cuales 32 mujeres) del Ejército desplegados como medida de urgencia desde ayer (y por los próximos seis meses) bajo orden del Gobierno de ese país en las calles de nueve ciudades italianas, Roma, Milán, Turín, Nápoles y Verona, entre otras.

“Ellos saben que estamos haciendo nuestro trabajo”, dice a REFORMA Caruso, de 42 años y una misión en Somalia en 1992.

“Hemos sido entrenados y lo haremos lo mejor posible. ¿Mi opinión sobre la operación? No, no ... sólo obedezco a las órdenes que he recibido”, lo interrumpe un joven teniente que hace que hace seis meses volvió de Kosovo.

Su Coronel asiente. “El uso del Ejército en tareas de orden público ya se hizo necesario en los años noventa en Sicilia”, explica Caruso, que también participó a esa misión. Eso sí, en ese caso los militares combatían a Cosa Nostra tras los atentados mortales de los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

Francesco, un taxista italiano de 45 años, no lo quiere oír. Le parece bien. “Estamos cansados. Los extracomunitarios se emborrachan y siempre hay problemas de seguridad. Tememos que nos acontezca algo”, confiesa a REFORMA reconfortado por un amigo que vive a 500 metros de aquí.

Pocos metros más allá, en uno de los dos bares de la estación de autobuses, los propietarios también coinciden. “Aquí he visto violencias sexuales, robos, peleas… Cuando esta mañana llegaron los militares, ¡fui a saludarlos! Antes, nadie nos protegía”, dicen sin querer identificarse y mientras un cliente lanza unas dudas. “¿Cuántos los pagan? ¿Qué harán con los rumanos que son comunitarios?”, pregunta cuando de golpe se oye un estruendo. “Otros han sido cazados”, asegura un paseante.