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Jorge Ramos  

Publicado el viernes 28 de marzo del 2008

Medio siglo de experiencia

Especial Diario La Estrella

Cumplo 50 años. Y hago una pausa. Ya pasé más de la mitad de mi vida y, afortunadamente, hay un par de cosas que he aprendido y otras que me resisto a aceptar. Este es mi estado de cuentas.

Mi primera observación es sobre la brevedad de la vida. Es un cliché mayúsculo. Pero cada año que pasa es proporcionalmente más rápido que el anterior. Sí, el tiempo es relativo. Un año para mi hijo es eterno; para mí, en cambio, vuela.

Desde luego, por más que quiera estirarla, ya no puedo aplicarme la palabra “joven”. Hay mañanas en que soy un lejano espectador de mí mismo y no reconozco al que está semiborroso en el espejo. No hay negación. Los achaques, las arrugas, las canas y las mañas están todos ahí. Pero lo curioso es que mi cuerpo y mi mente no registran todavía el cinco y el cero y se sienten, digamos, de otra edad.

Me explico. Los hombres a principios del siglo pasado se morían, en promedio, al cumplir la edad que ahora tengo. Vivo en tiempos extras gracias a los avances de la nutrición, la medicina y la tecnología; unos perfectos desconocidos alargaron mi vida. Gracias.

El montón de años, sin embargo, no te hace automáticamente más listo. Conozco a demasiados viejos cascarrabias. Pero sí ayuda a estar más consciente de todo. Ahora aprecio más los momentitos que antes dejaba pasar sin atención. Y por eso -sólo por eso- creo que vivo mejor.

La segunda observación es sobre lo inesperado en la vida. Pasan tantas cosas fuera de nuestro control que a veces resulta una proeza cumplir con todas las citas de un solo día. La vida no es previsible ni justa. Aún me asombro de que estuve mucho más cerca de morirme en un tontísimo accidente de tránsito en una mañana soleada que cubriendo cinco guerras. Eso no tiene mucho sentido ¿verdad?

Mi tercera observación -y me apena que le moleste a algunos- es que, con la edad, han crecido mis dudas sobre la religión. Es algo personal: algunas de las personas más intolerantes que he conocido son creyentes fanáticos.

Tengo más preguntas que respuestas. ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué se enferman o se mueren los niños? (Sé que mi e-mail se va a inundar.) Además, no conozco a nadie que me pueda decir con absoluta certeza qué pasa después de morir. Y prefiero vivir así; sin creencias sobrenaturales pero, también, sin mentiras piadosas. A mí me ha resultado más el actuar en la tierra que pedirle al cielo.

Mi cuarta observación es mucho más terrenal. Hay que aprovechar el tiempo que estamos en el planeta. Y hacer lo que más te gusta es uno de los secretos para una vida plena.

Al cumplir los 40 años me regalé el “no”: no haría más lo que no quisiera (léase bautizos, bodas...). Y ahora a los 50 años me regalo el sí: haré mucho más de lo que me gusta.

Sospecho que quienes tienen éxito no son, necesariamente, los más inteligentes. El éxito es pasión más perseverancia. Escogí una carrera -el periodismo- que me ha permitido viajar millones de kilómetros y conocer a cientos de personas que han cambiado el mundo y son exitosas. Y creo que todas tienen algo en común: hacen lo que más les gusta, siguen sus instintos y son muy luchadoras.

Y mi quinta y última lección -una por década- tiene que ver con la maravilla de vivir. Hay tanto que rescatar.

Desde luego que me arrepiento de algunas cosas. Sería estúpido creer que no me he equivocado. Pero a esos errores -que son muchos y sólo míos- les exprimí un poquito de experiencia, humildad y humor... para cuando haga falta.

Mi balance es positivo: más buenas vibras que malos rollos y más amor que desamor. Quizás, como alguna vez me dijo el abuelo de mi hija, la felicidad está en que te quieran quienes tú quieres. Y me siento bien rodeado. Al final de cuentas, estoy al día, bien parado en la tierra, con casi todos los míos y en paz. Me gusta mi vida a los 50. No puedo imaginarme un mejor regalo de cumpleaños.